
La afición del caracol es, además de una afición, una forma de vida.
No me refiero a llevar la casa a cuestas, como podrían pensar muchos, sino al hecho de ocultarse cuando algo inesperado sucede, luego sacan un cuernito tras otro con cuidado, examinan la situación y, si ven que la cosa va bien, sacan todo el cuerpo fuera. Por supuesto siempre les queda la opción de no asomarse.
También el hecho de tener una concha les es útil, les hace más fuertes, están más protegidos. Aunque ante un zapato desaprensivo o el pico de un ave, toda la protección se convierte en cárcel y, el dulce hogar, en un acogedor ataúd.
Otra característica del caracol son sus ojos, a pesar de tener cuatro tentáculos, sólo dos de ellos tienen un puntito negro por el que se supone que ven. Yo creo que en verdad ahí no tienen ojos, simplemente son unos apéndices que les sirven para ser conscientes del mundo que los rodea. Al contrario que en la especie humana, que cuando se tienen cuernos es cuando menos conscientes de la realidad somos.
El caracol además es hermafrodita, esto viene a significar que dos caracoles se encuentran y uno le dice al otro:
-Oye, ¿tú prefieres ser trabajador a jornada completa, atender el hogar y cuidar la prole así como parirla? ¿O prefieres ser el cabeza de familia?
O bien un:
-A ti del toro, ¡qué! ¿Te gusta hasta el rabo?
Incluso un:
-¿Prefieres las almejas de la mar o de lamer?
En fin, que para eso de quererse se tienen que poner de acuerdo, a ver quien sufre y quién martiriza. Quien pasa hambre de besos, quién sufre exceso de control, quién es quién, vamos.