miércoles, 29 de agosto de 2012

Chaparrón de una noche de verano




Las primeras lluvias del verano no llegaron tras una tarde de bochorno en forma de tormenta que lo remueve y lo anega todo. Llegaron una noche tranquila y despejada de luna llena que en un instante se oscureció.

Se levantó una familiar y gélida brisa, los gatos arquearon sus lomos y fueron a guarecerse bajo los soportales y entonces, comenzó a llover.

Llovían gotas enormes que salpicaban al entrar en los vasos de café con hielo y formaban remolinos sepia. En a penas un minuto, la plaza se vació de gente y sólo se oía el sonido de los goterones repiquetear en las mesas de las terrazas.

Y así como vino la oscuridad, volvió a asomar la luna llena y la lluvia se fue.

Esa lluvia logró cambiarlo todo. Inundó por completo el camino de vuelta a casa de un olor a tierra húmeda que se hacía insoportable, de una humedad que se colaba en los huesos. Había bajado tanto la temperatura que la rebeca de punto se hacía insuficiente.

La lluvia le revolvió las entrañas y esa noche no durmió bien.

1/8/2012

2 comentarios:

JUAN dijo...

Nunca estamos contentos, Lamas. Aquí en le sur echamos en falta esa lluvia, sea con Luna o con nubes. Ya me gustaría oler a tierra y hierba mojada y respirar luego aire limpio y fresco.
Me ha gustado tu manera de relatar. Saludos

Lamas dijo...

Hola Juan, ojalá os llegue la lluvia pronto, pero moderada, que parece que no hay término medio en estos tiempos... Y si no, siempre puedes visitar el norte para refrescarte y empaparte! ;) Besiños!