
Salté de la cama desorientada y con los ojos a medio abrir, tropezándome con las zapatillas, a tientas por el pasillo, parpadeando a toda velocidad mientras las pupilas se acostumbraban a la claridad. El timbre sonaba incesante, una y otra vez. Yo no tenía muy claro que hora era, pero sonaba y sonaba apremiándome a que abriera la puerta. Entonces el pasillo se desvaneció y mis piernas cedieron hasta hacerme caer el suelo. A pesar del mareo no dejé de avanzar, el timbre se estaba metiendo en mi cerebro hasta el punto de resultar doloroso. Me acercaba a gatas, cegada, aturdida y cuando al fin me agarré al pomo, el timbre cesó. Grité “¡Ya va!”. Y al abrir la puerta allí estaba: El resto de mi vida, esperando a que despertara de una vez.