
—Ha llegado el momento ¿Qué deseas hacer?
—¿Puedo probar?
—Está bien. ¿Ves aquella mujer que se acerca?
—Sí, como ella... Como ella sería perfecto.
Cuando volvía de hacer la compra aún quedaban nubes de la tormenta. Unos impetuosos rayos de sol comenzaban a abrirse paso hacia la tierra húmeda, una dorada calidez brotaba bajo sus pies y decidió sentarse un rato en el parque que había en su calle. Posó las bolsas sobre el banco, a su lado y se dejó caer en el respaldo acompañando su movimiento con un suspiro. Respiraba profunda y lentamente, con los ojos cerrados. Se olvidó de los suspensos de su hijo, de su hastío conyugal, de la enfermedad de su madre, de pedir vez en la peluquería, del viaje que todavía no había hecho, del ascenso que no acababan de darle… Sólo tenía capacidad para centrarse en el olor a tierra mojada, la brisa en su pelo, los rayos de sol calentándole los parpados… En esas estaba cuando le brotó una idea. Miró en derredor, no había nadie, entonces se descalzó, cruzó el parque corriendo hasta la zona de césped y se encaramó a una encina que crecía allí en medio.
Deseó que nadie la viese allí subida haciendo el idiota y justo entonces, cuando se iba llenando de nuevo de preocupaciones, tristezas y desidias, la ardilla decidió que la vida de esos seres que veía cada día no era para ella.