miércoles, 22 de septiembre de 2010

Llega septiembre

2-Septiembre-2010

Se me antojan tostadas de hotel y sábanas revueltas de buenos días, sol de media mañana, cortina al viento fresco…
Llegado septiembre se me pone un nudo en la boca del estómago con ansia de cuaderno nuevo y miedo de años viejos. Y despidiéndose por la ventana se escurre un verano tórrido de siestas y paseo y pequeñas alegrías inmensas, agotadas de deseo.
Se me gastan los segundos, pesados como horas, de esperar lo que no sé bien si quiero que llegue. Plomizos resbalan incesantes y se pierden en los quiero y no puede de cada día, cada día más monótono y aún queda tanto por hacer… me quedan tantas cosas aún… y el tiempo pasa tan incesantemente lento que apenas parpadeo y un bostezo me roba otro minuto…

Léo Marjane - En septembre sous la pluie

domingo, 19 de septiembre de 2010

Insolación

25-Julio-2010

Se rompían las piedras a su paso, se detenía la feria al choque de los rayos de sol en su piel, retorcía las miradas en los rizos de su pelo y se comía julio mientras le resbalaba jugo de ciruela entre los labios.
Soltaba los “no puedo” con una sonrisa en las entrañas y subió los cuarenta y siete escalones con la frente más alta que el campanario de los Terciarios. Esa noche, bajo una luna casi llena y con todo el universo conspirando para que diese comienzo el verano, parecía que por persuasión ajena y propio orgullo merecido, estaba haciendo las cosas bien.

Cita de Alas Clarín sobre la obra “INSOLACIÓN” de Emilia Pardo Bazán: "Antipático, poema de una jamona atrasada de caricias." Qué sabrás tú Clarín! También puede interesarte: Insolación II

sábado, 10 de julio de 2010

Para los nietos de los abuelos

Parece que este año las abuelas y abuelos de la gente que más quiero se han empeñado en dejarnos un vacío enorme a todos. Este post se lo dedico a esas personas con todo mi cariño y una lagrimita que soy incapaz de contener.


La Historia
Emilio escribía historia, que no historias. Le apasionaba tanto que había escrito muchísimos libros que nunca salieron del cajón de su escritorio, salvo para enseñárselos a su nieta cuando llegaba del cole a comer.
De tanto escribir sobre historia, se le fue borrando poco a poco la suya hasta que en su memoria solo quedaron un montón de hojas en blanco.
Ahora sus libros forman parte por sí mismos de otra historia, la historia de las mujeres de su vida: su mujer, su hija y su nieta.
_Para Miri_

Con nombre propio
No recuerdo haberlos conocido en persona pero, de no ser por ellos, jamás hubiera escuchado una de las respuestas más bonitas que me han dado jamás.
A pesar de que nacieron a principios del siglo pasado, él forma parte de mi correo electrónico y ella pone nombre a muchos de los personajes con los que cuento historias en este blog.
Me gusta imaginar que él quiso irse primero para preparar el nuevo hogar ante la inminente llegada de ella.
Seguro que estos días han sacado dos sillas para ver al San Cristóbal desde lo alto de los tejados blancos de cemento.
_Para Dani_

Monte Agudo
Cuando se convirtió en bisabuela sufrió una metamorfosis de espíritu y pasó a ser una biznieta más en la casa y, a su edad, estaba en todo el derecho.
Quería acabar el camino en Monte Agudo porque aunque no le quedaba otra que vivir en el valle, ella era de montaña.
Su nieta sabe mucho de levantarse y de ser fuerte, confío en que nunca le falle esa fortaleza y siga subiendo al monte a encontrarse con su abuela.
_Para Eva_

La pastora andaluza
No era fácil guiar a un rebaño entero de ovejas blancas e inmaculadas. Ella lo hacía con férrea dulzura.
Cuando apareció la oveja negra, ella fue la primera en ver lo blanca y pura que era en realidad, yo creo que se convirtió en su preferida.
Le faltó el corazón pero supo llenar el marcapasos con todo el amor que tenía y el titanio que le corría entre los huesos la hizo aún más fuerte para seguir.
Pero ya no puede ser más pastora y ahora sus ovejas, tumbadas a sus pies esperan con tristeza, sin saber cómo van a seguir el camino, ahora que su madre va ser parte de un rebaño aún mayor.
_Para Ale_

martes, 22 de junio de 2010

Disertación de un solsticio de verano


Primero hay que recordar.
Repasar todos y cada uno de los instantes minuciosamente. Escudriñando cada rincón de cada palabra dicha en cada instante concreto y darle vueltas a los contextos, cada cual más extraño… o surrealista, como diría una que yo me sé. Mirar una y otra vez al microscopio, una por una, todas esas acciones y reacciones con sus causas y efectos. Examinando daños colaterales y bajas propias. Repasar las alternativas que hubo y fueron desechadas. Disecciones retrospectivas que me sirven para hacer un vago boceto de quién pretende ser.

Después imaginar.
Llenar todos los huecos vacíos a base de suposiciones, deducciones e ilusiones. Adornando el antes mencionado boceto con un montón de recortes de revistas, con trocitos de diálogo de película, con un toque de cada cosa que me gusta y montar un teatrito de almohada y lagrimón que llene esos instantes de duermevela al parecer inevitables cuando aunas aburrimiento y soledad.

Luego espiar.
Descubrir desde el rincón más insospechado, que la realidad es clara y cruda. Cuando ves en su hábitat al sujeto, sin coacciones conductistas, puede llenarte de admiración en un primer instante para luego desembocar en la absoluta decepción. Todo ese diletantismo pseudobohemio que te recuerda que prefieres la pintura a la fotografía.

Por último concluir.
Al fin y al cabo, lo emocionante es el camino, la superación de obstáculos, la persecución, la caza. Lo que excita, encoleriza, alegra y desespera. Lo que te hace sentir la sangre correr por las venas. Por eso es bueno que me recuerden de vez en cuando que ya pagué más de una vez el precio, solo que no acabé montando un pura sangre, sino que he de conformarme con colgar un trofeo en la pared.

Lástima.

domingo, 13 de junio de 2010

Cosas por hacer


—Me paso todo el día en la oficina, salgo temprano del apartamento y vuelvo tarde. Cuando llega el viernes por la tarde cojo un tren y me voy a la venta. Me quito la puta camisa que aun no he aprendido a planchar del todo bien, cojo la bici y me voy a dar un paseo. Desde hace un tiempo me da por plantar árboles y algunas verduras.

—Ya me habías contado.

—Bueno, pues tras la última enajenación mental, aquel viernes que por fin me atreví a decirle a Jimena que creía que quizá podría haber algo y, tras su excusa estúpida de que acababa de salir de una relación, me compré una desbrozadora.

—Madre mía Jesús… ¿Una desbrozadora?

—Ya lo sé, debería haber nacido treinta años antes…

—No es eso, es que no puedes estar siempre en tu refugio, tienes que dejar que sucedan cosas, aunque no sean de tu agrado.

—Es sólo que nunca encuentro el valor suficiente para hacer lo que quiero, pienso demasiado y al final, no sé si las decisiones que tomo son correctas. Además no estoy dispuesto a renunciar a lo que me gusta, ni a hacer todas esas cosas insustanciales que se supone debo hacer, o haber hecho ya a mi edad. Y qué quieres que te diga, quizá ya sea tarde para empezar.

— ¡Eso nunca! Nunca es tarde. Además, yo te voy a ayudar. Pídeme lo que quieras, empecemos por el principio. ¿Qué te gustaría hacer?

_Volver a aquel septiembre sin televisión.

Para el 8 de San Cosme

viernes, 11 de junio de 2010

Inabarcable


El pelo se le pegó a la espalda cuando salió del agua, oscuro y serpenteante se le escurrió camino abajo hasta formar un pequeño charco en la piedra. Se sentó al borde y comenzó a llenar la superficie líquida de onditas con los movimientos de sus pies. Se quedó así un rato, abrasada por el sol de mediodía, absorta en sus pensamientos… “Es inabarcable como las arenas del desierto” se repetía una y otra vez. Entonces se volvió a tirar al agua. Llevaba todo el día tratando de apagar la idea de pedirle que viniese.

lunes, 17 de mayo de 2010

Amanecer a la japonesa

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Ariasu había programado una alarma en su teléfono móvil para que sonase exactamente a las 9:10 am.

Esto venía sucediendo desde que el reloj despertador tuvo que asumir las funciones de reloj de cocina, justo en el instante en el que el propio reloj de microondas, que previamente ocupaba el cargo, se tomase la jubilación tras las explosiones sucedidas en dicho aparato una noche que su compañera Himeko calentaba la cena.

Las dos japonesas habían llegado a España con una beca para aprender flamenco, aunque la realidad era que querían aprender a hacer paellas para montar un restaurante especializado en Okinawa.

El caso es que en mitad de un sueño retrospectivo lleno de agradables novedades, comenzaron los Tres Tenores a cantarle el Nessun Dorma a Ariasu casi al oído, sacándola así del mundo onírico en el que se encontraba.

Se desperezaba con los ojos casi sin abrir mientras recorría los pocos pasos que la separaban de la ventana de su habitación, preparándose en cierto modo para el impacto solar que recibirían cuando subiese la persiana, pero ¡sorpresa! A pesar de estar el día completamente despejado, el sol aún no había ni asomado.

Confundida, llegó a la cocina, donde se sorprendió también al ver que Himeko todavía tenía la puerta de su habitación cerrada, ya que ella solía levantarse muy temprano para ir a correr y acostumbraba a dejar puerta y ventana abiertas para ventilar el cuarto.

Mientras preparaba el desayuno comenzó a elucubrar sobre las causas de estos desajustes horarios:

Quizá esa mañana Himeko se encontrase mal, o estaría cansada, o habría pasado la noche en vela, o no querría ventilar... ¡o quizá tenía compañía! No, eso sería bastante improbable... Así que siguió pensando sobre el hecho de que no hubiese salido el sol aún.

Cuando llegó a España, en su habitación amanecía alrededor de las 8:30 y, la última vez que se fijó en esto, lo hacía a las 7:50 aproximadamente, así que dedujo que quizá la rotación y la traslación en consonancia con la montaña que había cerca de su casa y los árboles del jardín hacían que, de pronto, a las 9 de la mañana, no hubiese ni rastro de sol.

Estaba tan inmersa en sus cavilaciones que no se acordó de que el microondas no funcionaba, así que al meter la taza dentro se sintió estúpida, la sacó y, justo cuando estaba vertiendo el contenido en un cazo para llevarlo al fuego, se giró rápidamente para mirar su despertador que la observaba burlón desde lo alto del inservible microondas. Marcaba las 7:07.

Resultó que, efectivamente, había programado una alarma para las 9:10, pero no había desactivado la que ya estaba para las 7:00.

¿Y por qué había puesto una alarma tan temprano un lunes, si no tenía clase hasta las 10:30?

No tenía ni idea.