Llegaron juntas al pozo del Sol. Un remanso del río donde nadaban algunas truchas y las libélulas y mariposas revoloteaban por todas partes.
Mientras Cirene se quitaba el vestido y las sandalias junto al borde de las rocas, Dafne extendió la toalla bajo la sombra de un aliso.
—Son los días plácidos y largos. Llenos de posibilidades —dijo Cirene.
—Se consumen como una cerilla hasta quemarte las yemas —replicó Dafne—. Se desvanecen con el mismo olor y regusto de siempre.
Cirene no se volvió. Dio un paso más hacia el borde.
—¿Y qué otra cosa podríamos hacer sin perder las formas?
—Querrás decir: sin perder los principios, los finales… sin perderlo todo —contestó Dafne mientras cortaba una hoja de helecho—. A mí no me metas en esto.
Cirene suspiró, sonrió apenas y saltó.
El agua la envolvió. Flotó panza arriba, como una nutria despreocupada, aunque ella se imaginaba ninfa de cabellos interminables.
Desde la sombra, Dafne agitó la hoja delante de la cara para quitarse las moscas.
—Esperar a esa brisa que nos acaricia, nos hiela y desaparece… —murmuró Cirene.
—Y te quema —dijo Dafne, chistando.
Cirene siguió flotando, la voz cada vez más absorta:
—Regodearnos en la morriña, el anhelo y la guerra. Escribir…
—No escribas.
—Caminar…
—¡No camines!
—Recordar…
—Eso que ves ya no son recuerdos: es un engendro que te va a consumir por dentro —replicó Dafne.
Hubo un silencio.
A Cirene le temblaba la barbilla. Apretó la mandíbula. Respiró muy hondo.
—No… ¿no ves que nos eleva? ¿No ves que nos inspira? —dijo con la mirada brillándole bajo el sol.
—¿No ves que te ciega?
—Para —dejó de flotar un instante para mirarla con ira.
—Basta —dijo Dafne, con firmeza, poniéndose de pie junto al borde y tapándose del sol con la hoja de helecho.
—Silencio —suplicó Cirene, la barbilla aún temblando—. Es esa volubilidad… Conozco lugares donde es más fácil sucumbir y dejar que vuele la imaginación. Todo un territorio que solíamos recorrer… ¿te acuerdas?… —dijo invitando con un dedo a meterse a Dafne— y que ahora tiene esos rincones nuevos que solo podemos soñar. Calles por las que jamás hemos pasado. Un callejón… un mundo. Y esas otras que ya no resuenan igual. Que se han secado.
—Me acuerdo de los fantasmas de la muchacha aquella que nunca se atrevía a salirse del sendero, que solo aprovechaba al máximo los instantes que le ponía delante el universo. Me acuerdo de la incertidumbre, de la mediocridad, de la venda en los ojos y de cómo te tragabas tus propias mentiras.—replicó Dafne.
Entonces la voz de Cirene se llenó de entusiasmo y sus ojos brillaron enajenados:
—Estabas conmigo. Notaste esa euforia que latía en todas partes. El mareo que hizo que nos tambaleáramos y nos quisiéramos quedar allí para siempre. Viste el lunar en el cuello, sobre la arteria que palpitaba, vibraba y resplandecía de sudor. Oíste la carcajada del destino, al que le gusta jugar a juegos antiguos.
Desde la sombra de nuevo, Dafne apartó un instante la hoja de helecho, con resignación:
—Menos mal que nos saqué de allí —murmuró—. Siempre igual —dijo poniendo los ojos en blanco—. Sal ya. Vamos a llegar tarde a comer.
En el agua, apenas un murmullo:
—Shhhh… Todavía no. Déjame un poco más.
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