miércoles, 8 de abril de 2026

El hype

Creo que hoy se estila llamarle “hype”.
La Semana Santa, desde aquella de 2005 —creo que fue—, siempre promete surrealismo. Una emoción que se instala en el pecho, una cabeza demasiado mística hecha de limonadas, recuentos, reencuentros, el encuentro, la luna inmensa, los tambores y las cornetas… Y ese algo indefinible que cada año nos hace seguir diciendo: ¡Surrealismo!
Esta vez el hype fue muy fuerte.
Llegué... Como las oscuras golondrinas. Anduve todos los caminos bajo un sol espléndido, un calor que me abrazaba sobre las piedras, bajo los árboles, entre las viñas. Paseaba y paseaba, como si el movimiento me mantuviera a flote.
Y entonces, aquella mañana, justo en el río, ocurrió.
En un momento extraño de aquel paseo, metí los pies en el agua. Estaba fría. Fría que dolía. Helada, que subía por los tobillos y se convertía en calambres ardientes. Una frialdad que me explotó la cabeza, que apagó la luna, que silenció las cornetas, que me dejó colgando las manos y la mirada clavada en el sol, como se adora a Dios ante su altar. Cómo no iba a estar fría.
“Alice”, escuché.
Sonreí.
Y me fui por la calle de papel, empedrada de años.
Miri me preguntó si estaba bien.
—Claro que estoy bien —respondí—.
Simplemente era el hype.
Pero la película… la película es siempre la misma.

jueves, 26 de marzo de 2026

Quiero llegar


Hace unos años cambié el bolso por la mochila. Es más ergonómica cuando los «por si acaso» crecen y pesan: pañal, muda, biberón, el agua, las tiritas, unos palitos, los pañuelos, las llaves, una goma para el pelo, una piedrita, un cochecito de juguete, unas pinturas y una libreta, un poco de confeti, unos tampones, unos pendientes (esos que me quedan bien cuando tengo que disfrazarme de lo que haga falta), un pintalabios, una batería externa de propaganda que no sé si tiene carga y un vaso plegable. Un mundo.
A veces le cabe un bocadillo si vamos a la montaña, o una rebequita si salimos a tomar algo. Es negra y todoterreno: lo mismo combina con tacones que con playeros. Me gusta tener de todo, por si surge cualquier cosa. Mi llavero tiene además un destornillador y juraría que en la funda de las gafas de sol llevo una Allen pequeña y un clip. Me crié viendo MacGyver. Algo se me tenía que pegar.
Ah, y chicles.
El caso es que cuando llego, cuando tengo la situación encarrilada y el plan hecho, cojo las llaves en la mano y salgo sin nada más. Me voy a pasear. Subo la cuesta de Pradela entre encinas y castaños hasta el punto en que se ve la «y griega». Y espero.
Cierro los ojos y espero. Espero tranquila, porque sé que llegue lo que llegue —incluso si no llega nada—, allí estoy yo. No la hija, ni la madre, ni la pareja, ni la amiga, ni la manager, ni la sosa, ni la maja, ni la que escribe, ni la que se calla, ni la que llora, ni la que baila. Estoy yo, la que fui, la que aún está, allí, esperando.
Este verano pensé que iba a explotar el universo allí arriba. También subí a esperar.
Algún día pasará el conejo blanco. No llegará tarde; simplemente dirá «ven». Y en la madriguera caeremos hasta el infinito del universo donde todo acaba y todo comienza otra vez. Ese instante dentro del agua en el que la respiración se corta de frío y sabes que tienes que salir a respirar, pero estás flotando y se oye el mundo diferente.