lunes, 17 de agosto de 2026

Un mundo


Hay un rincón que podrías sostener entre tus manos y contiene un mundo entero.

Desamparado. A merced de cualquier sombra de animal o de un sol que decidiera secarlo todo. Y sin embargo, completo. 

Un mundo que no necesita más territorio.

Hay musgo hinchado de agua, suave y geométricamente salvaje, tan cerca de la tierra y al mismo tiempo, flotando sobre ella. 

Hay agua con gusto a sangre, fría, metálica, que deja huella en la memoria.

Gotas que tiemblan y no caen. 

Hay arándanos pequeños e intensos, que se hacen de rogar. 

Hojas diminutas de un verde hipnótico, uces púrpuras, hierbas como agujas tratando de alcanzar el sol.

En el medio, la paciencia brillante de unos tentáculos que esperan sin perseguir, bruscos y apeteciblemente dulces.

Y rendida en el centro inflamado, rojo y húmedo, una mosca que ya no lucha, que se deja consumir en una especie de felicidad quieta, que ha entendido que dejarse atrapar también es una forma de llegar.

Diluyéndose mansamente en aquella baba embriagadora.

Todo ese mundo mínimo, latente y cambiante, existe en una intimidad secreta, apenas perturbada por el breve aleteo de un mosquitero que observa concupiscente la escena, mientras desciende para beber.

Y se va.

domingo, 26 de julio de 2026

Insolación II

25-julio-2026

Se rompían las piedras a su paso y una sombra corría detrás para alcanzarla. Se revolvía la feria entre zarpazos de viento y sol, sacudiéndole recuerdos en los rizos de su pelo, y se tragaba julio mientras le resbalaba jugo de ciruela por los labios.
Soltaba los “no debo” con melancolía en las entrañas y pensó en los cuarenta y siete escalones con el anhelo más alto que el campanario de los Terciarios. Esa noche, bajo una luna casi llena y con todo el universo conspirando para que diese comienzo el verano, parecía que por convicción propia y sin orgullo ajeno, ya no sabía qué hacer.

Qué sabrás tú, Clarín, de Insolaciones...


miércoles, 8 de abril de 2026

El hype

Creo que hoy se estila llamarle “hype”.
La Semana Santa, desde aquella de 2005 —creo que fue—, siempre promete surrealismo. Una emoción que se instala en el pecho, una cabeza demasiado mística hecha de limonadas, recuentos, reencuentros, el encuentro, la luna inmensa, los tambores y las cornetas… Y ese algo indefinible que cada año nos hace seguir diciendo: ¡Surrealismo!
Esta vez el hype fue muy fuerte.
Llegué... Como las oscuras golondrinas. Anduve todos los caminos bajo un sol espléndido, un calor que me abrazaba sobre las piedras, bajo los árboles, entre las viñas. Paseaba y paseaba, como si el movimiento me mantuviera a flote.
Y entonces, aquella mañana, justo en el río, ocurrió.
En un momento extraño de aquel paseo, metí los pies en el agua. Estaba fría. Fría que dolía. Helada, que subía por los tobillos y se convertía en calambres ardientes. Una frialdad que me explotó la cabeza, que apagó la luna, que silenció las cornetas, que me dejó colgando las manos y la mirada clavada en el sol, como se adora a Dios ante su altar. Cómo no iba a estar fría.
“Alice”, escuché.
Sonreí.
Y me fui por la calle de papel, empedrada de años.
Miri me preguntó si estaba bien.
—Claro que estoy bien —respondí—.
Simplemente era el hype.
Pero la película… la película es siempre la misma.

jueves, 26 de marzo de 2026

Quiero llegar


Hace unos años cambié el bolso por la mochila. Es más ergonómica cuando los «por si acaso» crecen y pesan: pañal, muda, biberón, el agua, las tiritas, unos palitos, los pañuelos, las llaves, una goma para el pelo, una piedrita, un cochecito de juguete, unas pinturas y una libreta, un poco de confeti, unos tampones, unos pendientes (esos que me quedan bien cuando tengo que disfrazarme de lo que haga falta), un pintalabios, una batería externa de propaganda que no sé si tiene carga y un vaso plegable. Un mundo.
A veces le cabe un bocadillo si vamos a la montaña, o una rebequita si salimos a tomar algo. Es negra y todoterreno: lo mismo combina con tacones que con playeros. Me gusta tener de todo, por si surge cualquier cosa. Mi llavero tiene además un destornillador y juraría que en la funda de las gafas de sol llevo una Allen pequeña y un clip. Me crié viendo MacGyver. Algo se me tenía que pegar.
Ah, y chicles.
El caso es que cuando llego, cuando tengo la situación encarrilada y el plan hecho, cojo las llaves en la mano y salgo sin nada más. Me voy a pasear. Subo la cuesta de Pradela entre encinas y castaños hasta el punto en que se ve la «y griega». Y espero.
Cierro los ojos y espero. Espero tranquila, porque sé que llegue lo que llegue —incluso si no llega nada—, allí estoy yo. No la hija, ni la madre, ni la pareja, ni la amiga, ni la manager, ni la sosa, ni la maja, ni la que escribe, ni la que se calla, ni la que llora, ni la que baila. Estoy yo, la que fui, la que aún está, allí, esperando.
Este verano pensé que iba a explotar el universo allí arriba. También subí a esperar.
Algún día pasará el conejo blanco. No llegará tarde; simplemente dirá «ven». Y en la madriguera caeremos hasta el infinito del universo donde todo acaba y todo comienza otra vez. Ese instante dentro del agua en el que la respiración se corta de frío y sabes que tienes que salir a respirar, pero estás flotando y se oye el mundo diferente.

martes, 2 de septiembre de 2025

El incendio

Casi siempre había un pequeño incendio. Muy pequeño. A veces solo se notaba un poco de humo en la distancia, un resplandor rojizo en el horizonte, un destello palpitante. 
Esta vez fue distinto. 
Empezó una noche extraña, de repente, no sé cómo. Todo estaba tan seco, hacía tanto bochorno, que bastó una chispa para que comenzara a arder. Olía a humo denso, de madera, de piedra hirviendo, ese olor que a veces me sobresalta en cualquier lugar y desaparece; ahora estaba por todas partes. Mirando las llamas hipnotizada, se me volvieron a meter en la cabeza y solo oía un eco extrañamente familiar, el murmullo de la gente como si lo escuchase desde dentro del agua. Me fui a dormir pensando que por la mañana todo se habría apagado, pero el incendio llamaban a mi puerta. Me alejé, subí al monte, pero desde allí, no dejaban de verse las lenguas de fuego, lejos pero inundando todo el valle de humo, el cielo naranja, el sol rabiando, el calor sofocante. Ese calor que se apoderó de todo. 
Subí aún más arriba, donde los pradairos, con su sombra y el murmullo de sus hojas esperando que calmasen aquel ansia de quemarme; donde las fuentes heladas. Cansada del camino, segura de haber vencido ese infierno, vi sobrecogida subir el incendio por la ladera, galopando impasible, enorme, agitado por el viento, dibujado de surcos que yo no conocía. Me atrapó, me quemaba, y ya no sabía cómo salir. 
Apretaba los puños y tragaba lágrimas de impotencia. 
Yo, ya no era yo. Me encontraba dentro de mí, acurrucada en un ascua, abrasándome con mil imágenes que escupían lava. Cada fosfeno, un relámpago. El incendio seguía por todas partes. 
Me fui a dormir y lo sentía rodeándome, estallando y, al despertar, una luz escarlata lo estaba envolviendo todo, el aire denso, el sol inflamado invitándome a ver cómo todo ardía, cómo la vida no era nada, cómo no importaba lo que hiciéramos. Simplemente ver el mundo arder. Y subí aquella cuesta en silencio, imaginando las llamas correr tras mis pasos. Miré desde lo alto: el valle ahogado de humo, abrasándose en un sordo y oscuro murmullo; y un estruendo silencioso lo llenó todo: me explotó el corazón. 
Puños apretados, lágrimas rodando ladera abajo. 
Me quemaba tanto que era insoportable. Entonces recordé cómo lo hacía antes: simplemente caminar, seguir el camino como si no estuviera lleno de brasas, como si no tuviera lenguas de fuego en la cabeza. Ni ríos, ni calles vacías lo apagarían, pues nada tenía sentido, salvo el calor que sentía. Solo esperar porque, tarde o temprano, me iría de allí. 
Y antes de irme, al volverme hacia el incendio, le diría hasta la próxima. 
Y allí dejé mis entrañas quemándose. 
Sé que cada día se apagarán un poco. 
Sé que nunca dejarán de arder.



lunes, 30 de diciembre de 2019

El alquiler del prao da Fonte


Mi abuela Argen tenía un prao pequeño al lado de la fuente del pueblo. Amelia da Fonte, una vecina, le alquilaba el prao porque estaba al lado de su casa y le iba muy bien para coger la hierba para las vacas. El alquiler anual era simbólico, no creo que fueran ni 2€.
Cuando la abuela falleció, ese prao le tocó a mí padre, así que Amelia vino a casa a preguntarnos cuánto le íbamos a cobrar. Mi padre le dijo que el prao iba a ser mío, así que negociamos entre las dos. 
Le dije que me pagar con una botella de leche de verdad cuando pasara las vacaciones en el pueblo. 
Este verano pasado no tenía vacas con ternero así que "no me pudo pagar". Esta mañana llegó a casa con el alquiler y los atrasos...
No sabéis lo que vale ese alquiler... Ese alquiler es una máquina del tiempo al ástrago de la casa vieja, con mi abuela y los terneros y el vaso de plástico rojo lleno de leche recién muxida.

sábado, 21 de diciembre de 2019

Cómo descansar en el bosque

Sales del sendero, te metes en el bosque agachándote para pasar bajo las ramas, cual animalejo. Cuando te rodee completamente el monte, te sientas, te callas, respiras, esperas...

La diminuta araña que pendía del hilo que se enganchó a la manga de tu chaqueta, recorre tus nudillos dejando un cosquilleo en ellos y salta al vacío, rapelando hasta la bota y desaparece.

Un hormiga la saluda y te mira, mira tu bota, está sopesando si será mejor cruzar sobre ella o rodearla. Detrás viene otra con un trozo de hierba seca que se le atora en una raíz y está un rato dándole meneos hasta sacarla. La de la bota decide cruzar por encima pero, a medio camino, da la vuelta y vuelva a bajar y sube y baja y rodea otro rato. No es una decisión sencilla por lo visto.

De fondo hay conversaciones pajariles.  ¿Algún día aprenderé a distinguir un carbonero de un pinzón? ¿A saber qué tengo que buscar con los ojos, según lo que oiga cantar? Entonces cruje una hoja.

Las hojas pueden crujir por muchas cosas y bailar escandalosamente así que nunca sabes exactamente si ha pasado corriendo una musaraña o una ráfaga de brisa te ha tomado el pelo.

Entonces cae una piña y miras hacia arriba con la ilusión de ver una ardilla. Y a veces la ves. 

Has estado media hora quizá, tienes las manos frías, el culo dolorido, te levantas torpe y haciendo más ruido que el camión de la basura ¡Cuánto ruido hacemos! Te apoyas en un tronco lleno de liquen y musgo, qué suave y especial es el musgo... 

Regresas al sendero.