miércoles, 8 de abril de 2026

El hype

Creo que hoy se estila llamarle “hype”.
La Semana Santa, desde aquella de 2005 —creo que fue—, siempre promete surrealismo. Una emoción que se instala en el pecho, una cabeza demasiado mística hecha de limonadas, recuentos, reencuentros, el encuentro, la luna inmensa, los tambores y las cornetas… Y ese algo indefinible que cada año nos hace seguir diciendo: ¡Surrealismo!
Esta vez el hype fue muy fuerte.
Llegué... Como las oscuras golondrinas. Anduve todos los caminos bajo un sol espléndido, un calor que me abrazaba sobre las piedras, bajo los árboles, entre las viñas. Paseaba y paseaba, como si el movimiento me mantuviera a flote.
Y entonces, aquella mañana, justo en el río, ocurrió.
En un momento extraño de aquel paseo, metí los pies en el agua. Estaba fría. Fría que dolía. Helada, que subía por los tobillos y se convertía en calambres ardientes. Una frialdad que me explotó la cabeza, que apagó la luna, que silenció las cornetas, que me dejó colgando las manos y la mirada clavada en el sol, como se adora a Dios ante su altar. Cómo no iba a estar fría.
“Alice”, escuché.
Sonreí.
Y me fui por la calle de papel, empedrada de años.
Miri me preguntó si estaba bien.
—Claro que estoy bien —respondí—.
Simplemente era el hype.
Pero la película… la película es siempre la misma.