Hace unos años cambié el bolso por la mochila. Es más ergonómica cuando los «por si acaso» crecen y pesan: pañal, muda, biberón, el agua, las tiritas, unos palitos, los pañuelos, las llaves, una goma para el pelo, una piedrita, un cochecito de juguete, unas pinturas y una libreta, un poco de confeti, unos tampones, unos pendientes (esos que me quedan bien cuando tengo que disfrazarme de lo que haga falta), un pintalabios, una batería externa de propaganda que no sé si tiene carga y un vaso plegable. Un mundo.
A veces le cabe un bocadillo si vamos a la montaña, o una rebequita si salimos a tomar algo. Es negra y todoterreno: lo mismo combina con tacones que con playeros. Me gusta tener de todo, por si surge cualquier cosa. Mi llavero tiene además un destornillador y juraría que en la funda de las gafas de sol llevo una Allen pequeña y un clip. Me crié viendo MacGyver. Algo se me tenía que pegar.
Ah, y chicles.
El caso es que cuando llego, cuando tengo la situación encarrilada y el plan hecho, cojo las llaves en la mano y salgo sin nada más. Me voy a pasear. Subo la cuesta de Pradela entre encinas y castaños hasta el punto en que se ve la «y griega». Y espero.
Cierro los ojos y espero. Espero tranquila, porque sé que llegue lo que llegue —incluso si no llega nada—, allí estoy yo. No la hija, ni la madre, ni la pareja, ni la amiga, ni la manager, ni la sosa, ni la maja, ni la que escribe, ni la que se calla, ni la que llora, ni la que baila. Estoy yo, la que fui, la que aún está, allí, esperando.
Este verano pensé que iba a explotar el universo allí arriba. También subí a esperar.
Algún día pasará el conejo blanco. No llegará tarde; simplemente dirá «ven». Y en la madriguera caeremos hasta el infinito del universo donde todo acaba y todo comienza otra vez. Ese instante dentro del agua en el que la respiración se corta de frío y sabes que tienes que salir a respirar, pero estás flotando y se oye el mundo diferente.